En 1981, miles de jóvenes aspirantes a ingresar al bachillerato de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) enfrentaron uno de los momentos más decisivos de su vida académica: el examen de admisión. A diferencia de la actualidad, donde el proceso ha cambiado con la tecnología y nuevas modalidades, en aquel entonces, el estadio Azteca se convirtió en una gigantesca sala de evaluación, donde en medio del silencio y la expectativa, los aspirantes demostraban sus conocimientos.
Los estudiantes llegaban con lo indispensable: un lápiz, un bolígrafo y una goma. Durante varias horas, el tiempo corría mientras ellos resolvían las preguntas que definirían su futuro. La incertidumbre no terminaba al entregar la prueba, pues después venía la espera más difícil: la llegada de los resultados.
Para quienes habían presentado el examen, el tamaño del sobre que recibían en casa podía cambiarlo todo. Un sobre grande significaba malas noticias, ya que contenía la devolución de documentos, una señal de que no habían sido aceptados. En cambio, un sobre pequeño era sinónimo de alegría y orgullo: la carta de bienvenida a la máxima casa de estudios.
Así era la experiencia de miles de jóvenes que soñaban con formar parte de la UNAM en una época donde el proceso de admisión era tan exigente como significativo.
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